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La condena de Ross Ulbricht, ¿legalidad o justicia?

La condena de Ross Ulbricht, ¿legalidad o justicia?

El caso de Silk Road y la condena a cadena perpetua a Ross Ulbricht, ha generado muchísimo revuelo en los medios y en la opinión pública. A pesar de que la detención de Ulbricht tuvo lugar en el año 2013, no fue sentenciado sino hasta febrero de 2015, extendiéndose su sentencia en junio. Quizás el aura enigmática que envuelve a los asuntos turbios tratados en la web profunda ha sido la causa del mantenido interés de los internautas en la noticia.

Hace pocos días, el portal MotherBoard publicó un artículo en el que se da luz sobre algunos de los argumentos expuestos por la jueza Katherine Forrest para penar con cadena perpetua a Ulbricht, además de mostrar una defensa vehemente de las leyes antidrogas estadounidenses.

En su defensa ante el juzgado, Ulbricht establecía que parte de las intenciones de Silk Road era aumentar la seguridad de los consumidores de drogas al no tener que salir a las calles para conseguir sustancias ni tener que tratar directamente con traficantes, además de que se compartía información respecto al uso adecuado y seguro de las sustancias.

Contra este argumento, la jueza Forrest respondía que lo que Silk Road realmente hacía era expandir un mercado de daño a la sociedad que ha sido condenado por el “proceso democrático” del país como inaceptable. En la transcripción del día final del proceso judicial, puede leerse:

Los costos sociales de las drogas son manifiestos. El usuario es solo una parte de la ecuación, que es de donde proviene el argumento respecto a la reducción del daño. El usuario es solo una parte del masivo, masivo esquema mundial del tráfico de drogas y si te sentaras donde yo me siento podrías ver que el usuario no es el fin… Entonces, la reducción del daño enfocada en el usuario pierde el punto. Katherine Forrest

A pesar que desde donde se sienta la jueza Forrest pueda verse que el consumidor no es el final de la ecuación, pareciera que desde ahí la vista no alcanza para notar que los grandes problemas que se derivan del narcotráfico, la red criminal y las múltiples muertes que se producen todos los años en torno a este tipo de crimen organizado, son consecuencia de la misma prohibición.

El status ilegal de cualquier bien o servicio, debido a fenómenos económicos que ya prácticamente podrían tildarse de leyes por su recurrencia, tienden a generar mercados negros o paralelos. Estados Unidos ya posee experiencias previas respecto al nacimiento de mafias relacionadas al prohibicionismo.

Así sucedió durante los años de la Ley Seca, desde los 20 hasta el año 33 del siglo pasado. El comercio ilegal de alcohol trajo una enorme oleada de criminalidad que sólo pudo aminorarse una vez que se abolió la prohibición.

Lo mismo sucede con los mercados paralelos de divisas en los países con controles cambiarios y en todos aquellos ámbitos en los que el Estado intenta introducir sus tentáculos de manera desmedida, a veces sin la suficiente capacidad disuasiva como para evitar que estas prácticas se den. Y por capacidad disuasiva nos referimos al ejercicio de la violencia y la coacción.

Max Weber, ilustre sociólogo y pensador alemán de finales del siglo XIX, principios del XX, decía del Estado que éste es aquel ente capaz de mantener exitosamente el monopolio del uso legítimo de la violencia en la ejecución de sus órdenes. Pero, ¿qué es aquello que le otorga ese carácter legítimo al poder si no es su capacidad de imponer su voluntad mediante la violencia o la inculcación en sus ciudadanos, a través de sus aparatos ideológicos, de la aceptación ciega y acrítica del poder que les es impuesto?

Se ha evangelizado a tal punto a las personas con el dogma estatal que pocas personas se preguntan por la verdadera necesidad de su existencia. Existe una anécdota de la antigüedad en la que se relata el encuentro de Alejandro Magno con una flota de piratas. Alejandro preguntó a los piratas con qué derecho se atrevían a infestar los mares, a lo que los piratas le contestaron: “con los mismos que tú, con la diferencia de que como tú tienes una enorme flota, te llaman emperador, mientras que como nosotros tenemos estas pequeñas barcas, nos llaman criminales”.

Weber también define el Poder como “la probabilidad de imponer la propia voluntad, aún contra toda resistencia y cualquiera que sea su fundamento”. De igual manera, el teórico político estadounidense, David Easton, decía que lo que distingue las interacciones políticas del resto de las interacciones sociales, es que estas están orientadas a la asignación autoritaria de valores en una sociedad.

Esta imposición de la propia voluntad se observa claramente en la decisión de cualquier Estado de inmiscuirse en la vida privada de sus ciudadanos e interferir en lo que decidan o no consumir. La noción moderna de Estado, tras la desestimación del derecho divino de los reyes, propia de la edad media, es justificada de manera racional por teóricos de la talla de Thomas Hobbes y John Locke. De manera sumamente resumida, puede decirse que el Estado nace con el fin de salvaguardar la propiedad de los individuos frente a los ataques de terceros.

El Estado solo se establecía como un garante del cumplimiento de la ley que le permitiera a los individuos disfrutar de su propiedad. Sin embargo, pareciera que algunas taras del cristianismo medieval permanecieron latentes en la institución Estatal y se manifestaron con su desarrollo. Estas taras serían las ínfulas estatales de dotarse a sí mismo con la autoridad moral para discernir lo “bueno” de lo “malo”, e imponer autoritariamente sus valores a los ciudadanos.

La jueza Forrest parece ser una víctima ciega de esta imposición autoritaria de valores por la manera en la que defiende la supuesta Guerra Antidrogas estadounidense. Esta guerra apenas tiene un siglo de antigüedad (la primera restricción al opio, la morfina y la cocaína aparece apenas en el año 1914) pero ha sido objeto de una campaña de demonización tan agresiva que actualmente su rechazo ostenta prácticamente el status de verdad inapelable, casi litúrgica.

Sin mencionar los usos ancestrales que muchas de estas sustancias como la psilocibina, el cornezuelo de centeno, el cannabis, la ayahuasca u otros enteógenos que milenariamente han sido utilizados en ritos para fomentar la reunión con Dios o la Naturaleza, las drogas cuando se encuentran en posesión de alguien, tienen el carácter de un bien. Inmiscuirse con el derecho de cada persona de disfrutar de sus bienes, es un atentado contra la propiedad.

Esto resulta en una enorme contradicción respecto a los principios fundamentales del modelo económico estadounidense, que supuestamente tiene como uno de sus valores principales el respeto a la propiedad privada. Thomas Szasz, emérito profesor de psiquiatría de la Universidad de Siracusa, establece en su libro “Nuestro derecho a las drogas”, lo siguiente:

En contraste con los cuadrúpedos de rebaño, ser un ciudadano adulto supone derecho a disponer de sí o del cuerpo propio, reconociéndose la propiedad de cada uno sobre su singular persona. Dado que las drogas han sido, y son, bienes o cosas queridas del mundo exterior para un incalculable número de personas, y dado que retirarlas del lícito intercambio atenta contra el derecho a disponer de sí o del propio cuerpo, resulta que cualquier guerra contra ellas es una guerra contra la propiedad en sentido nuclear, como suma de las cosas deseadas y nuestra propia persona. Thomas Szasz

Lamentablemente, las leyes no son hechas por entidades omniscientes y de sabiduría absoluta, sino por hombres falibles y condicionados por cargas valorativas inculcadas. El problema radica cuando personas como la jueza Forrest confunden la legalidad con la justicia. De la legalidad, y de las tecnologías coactivas del Estado, es prácticamente imposible escapar, como bien lo reconoció Ulbricht al compararla con la ley de gravedad. La justicia, por otro lado, cada vez se pierde más en este tipo de juicios.

Forrest condenó el hecho de que Ulbricht estuviera retando las leyes estadounidenses con respecto a la venta de drogas y distribución. Las acciones de Ulbricht podrían enmarcarse dentro de la doctrina conocida como criptoanarquismo, ideología que busca la utilización de la criptografía asimétrica con miras a eludir los altos niveles de vigilancia web que adelantan los gobiernos, en específico la NSA estadounidense, buscando un verdadero respeto de la privacidad y la libertad individual.

Forrest desestimó todos estos ideales y valores que Ulbricht esgrimía como basamento ideológico de Silk Road, diciendo que la página no era el experimento de sociedad libertaria como Ulbricht quería que fuera visto. En el sitio, estaban restringidas actividades que dañaran la integridad física de terceros como tráfico de órganos o pornografía infantil.

Tú eras el capitán del barco, como Dread Pirate Roberts, e hiciste tus propias leyes y reforzaste esas leyes. Entonces, esto no era un mundo sin restricciones, no era un mundo del libertad última. Era un mundo de leyes que tu creaste, eran tus leyes. Es ficcional pensar en Silk Road como algún lugar de libertad. Katherine Forrest

Si realmente se tuviera como principio la libertad y la seguridad de los ciudadanos, el carácter ilegal de las drogas sería abolido, eliminando consigo toda la turbiedad que envuelve al mundo del narcotráfico. Además, podría brindársele a los consumidores las condiciones sanitarias básicas que evitaran muertes por intoxicación o transmisión de enfermedades.

Cadena perpetua para un jóven con ideales libertarios. En la transcripción se leen las últimas peticiones de indulgencia por parte de Ulbricht antes de ser condenado. Forrest estableció que la sentencia servirá como castigo ejemplar para disuadir a futuras personas que quieran intentar abordar el mercado de drogas desde una plataforma cifrada de internet. A continuación, puede leerse la transcripción completa:

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Acerca del autor

Iván Gómez

Politólogo. Entusiasta de Bitcoin y Blockchain. Convencido de su potencial para cambiar las finanzas y el comercio a nivel mundial.

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